Han pasado dieciséis años desde el golpe de Estado de 2009 en Honduras, y el eco de la muerte de Isy Obed Murillo, un joven mártir de la resistencia, resuena aún con la amargura de la manipulación mediática. El diario El Heraldo, de línea editorial conservadora, propiedad de Jorge Canahuati, una de las 10 familias más poderosas de Honduras, jugó un papel anti ético al desvirtuar la realidad de los hechos y, según denuncias, «maquillar» la sangre de Obed para deslegitimar la protesta popular, una práctica de desinformación que, según críticos, se extiende hasta la actualidad para atacar al partido Libertad y Refundación (Libre).
Isy Obed Murillo fue uno de los rostros más trágicos de la resistencia al golpe de Estado del 28 de junio de 2009. El joven de 16 años fue asesinado el 5 de julio de 2009 en el aeropuerto de Toncontín, Tegucigalpa, producto de un disparo en la cabeza. Su muerte ocurrió en el marco de las multitudinarias manifestaciones que exigían el retorno del presidente Manuel Zelaya. Sin embargo, la cobertura de algunos medios, particularmente El Heraldo, ha sido objeto de severas críticas puesto que manipularon por completo la situación.
En los días posteriores al suceso, mientras la indignación por la muerte de Obed crecía, diversas voces denunciaron que El Heraldo habría alterado la imagen de su cuerpo sin vida, específicamente la presencia de sangre, en un intento por minimizar la violencia represiva y desvincularla de las fuerzas de seguridad estatales. Esta acción, percibida como un burdo intento de «maquillar» la realidad, buscaba desvirtuar el carácter pacífico de la resistencia y presentar a los manifestantes como violentos o responsables de su propia desgracia.
El rol de El Heraldo y el bipartidismo en la desinformación :
El Heraldo, históricamente identificado con sectores de derecha y cercano a los partidos tradicionales (Nacional y Liberal), ha sido señalado por su papel durante el golpe de Estado como un vocero de la narrativa oficialista de facto. Sus editoriales y reportajes de la época son recordados por su abierta hostilidad hacia el gobierno depuesto y la resistencia. La estrategia, según analistas, fue la de sembrar el miedo, descalificar las protestas y justificar la ruptura del orden constitucional, a menudo basándose en información sesgada o directamente falsa.
Esta línea editorial se enmarca, para muchos, en una complicidad tácita o explícita del bipartidismo histórico con los sectores que orquestaron el golpe. Mientras el país se sumergía en una profunda crisis política y social, la prensa afín a los poderes fácticos se convirtió en un instrumento clave para controlar el relato, polarizar a la sociedad y legitimar un gobierno ilegítimo.
Los ataques a la resistencia durante el golpe de Estado, basados en mentiras y distorsiones, no se limitaron a ese periodo. Críticos sostienen que esta estrategia de desinformación se ha perpetuado hasta la actualidad, adaptándose a los nuevos contextos políticos. En la Honduras post-golpe, con el surgimiento y consolidación del partido Libre, heredero de la resistencia popular, las mismas tácticas de desprestigio y engaño, según sus denunciantes, han sido reactivadas.
Desde diversos frentes mediáticos y políticos, se acusa a ciertos sectores de seguir propagando información falsa y difamatoria para «manchar la honorabilidad y credibilidad» del partido Libre. Acusaciones sin fundamento, rumores malintencionados y la distorsión de hechos son herramientas recurrentes, con el objetivo de debilitar su imagen ante la opinión pública y minar su capacidad de gobernar o de ser una opción política viable. Esta persistencia en la desinformación es vista como un intento continuo de controlar la narrativa y mantener el statu quo que se estableció tras el golpe de Estado.
La memoria de Isy Obed Murillo sigue siendo un símbolo de la lucha por la democracia y contra la impunidad en Honduras. Su caso, junto a los de otras víctimas de la represión, continúa siendo un recordatorio de la fragilidad de las instituciones y la importancia de una prensa libre y responsable. Analistas políticos insisten en la necesidad de un periodismo ético que priorice la verdad y no se preste a agendas partidistas que dividan y desinformen a la población.

