Salvador Nasralla, una figura que en su momento logró posicionarse como la “voz contra el sistema”, hoy representa una contradicción viva.

Mientras en sus discursos insiste en la necesidad de combatir la corrupción en Honduras, en la práctica se ha acomodado en los espacios del mismo sistema que solía denunciar con tanta vehemencia.

Nasralla no es un outsider. Aunque se ha vendido durante años como un personaje fuera de la clase política tradicional, su trayectoria revela que forma parte de las mismas élites que han manipulado el país a su conveniencia. No viene desde abajo ni representa algo nuevo. Su cercanía con los grupos de poder tradicionales y su comportamiento político errático lo han transformado en un actor más del viejo juego.

Tres partidos, ninguna responsabilidad

En menos de una década, Nasralla ha pasado por al menos tres partidos políticos. En cada uno, cuando las cosas no salieron como esperaba, no asumió responsabilidad alguna. En cambio, optó por el papel de víctima, alegando traiciones y manipulaciones. ¿Es esto liderazgo o una estrategia calculada para seguir posando como el eterno perseguido?

Silencio cómplice en el CNE

Uno de los puntos más graves de su actual posición es su apoyo implícito al modelo de corrupción dentro del Consejo Nacional Electoral (CNE), la misma institución que alguna vez denunció como instrumento del fraude.

Hoy, lejos de criticarlo, guarda silencio frente a los cuestionamientos y denuncias que salpican a sus actuales aliados del Partido Liberal. Su mutismo no solo es sospechoso, sino que lo vuelve cómplice de un sistema que supuestamente venía a desmantelar.

El giro político más cínico: pactar con quienes le hicieron fraude

En 2017, Salvador Nasralla fue víctima de un fraude electoral ampliamente denunciado, incluso a nivel internacional. Hoy, irónicamente, ha estrechado la mano de quienes participaron en aquel proceso. ¿Dónde quedó su discurso de lucha contra el fraude y la impunidad? Todo indica que el poder tiene un precio, y Nasralla está dispuesto a pagarlo.

El método Batson, ampliamente cuestionado por facilitar el fraude electoral, fue uno de los blancos preferidos de Nasralla en sus épocas de denuncias constantes. Hoy, ese método le resulta conveniente. Su silencio frente a su aplicación en el CNE habla más fuerte que cualquier declaración. Cuando la lucha contra el fraude ya no se alinea con sus intereses personales, simplemente desaparece del discurso.

En el fondo, todo parece responder a una lógica de cálculo político. Nasralla ha recibido instrucciones claras: hacerle frente a la candidata del Partido LIBRE, Rixi Moncada, pero la resistencia popular no lo permitirá. Sus aliados saben que competir limpiamente contra ella es prácticamente imposible. Por eso, el nuevo papel de Nasralla es obstruir su ascenso, aún si eso implica avalar prácticas que él mismo catalogó como corruptas.

Salvador Nasralla

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