El 1º de Mayo no es solo una conmemoración, es memoria viva, una fecha que nos recuerda que los derechos laborales que hoy damos por sentados fueron conquistados a costa de represión, cárcel y sangre obrera. Pero también es una oportunidad para mirar el presente con ojos críticos y entender que la lucha por condiciones dignas de trabajo está indisolublemente ligada a otra gran causa: la defensa de los bienes públicos.
En Honduras, esta fecha ha estado históricamente marcada por el protagonismo de los trabajadores organizados que, desde la gran huelga de 1954 hasta las marchas contemporáneas, han sido motores de cambio y resistencia. Sin embargo, en los últimos años, una nueva amenaza ha crecido a la sombra del deterioro institucional: la privatización progresiva de lo público: salud, educación, agua, energía, tierras comunales en nombre del “desarrollo” y la “eficiencia”.
¿Pero qué significa esto para el pueblo trabajador?
Significa que mientras se recortan derechos y salarios, también se recorta el acceso a lo que debería ser de todos. El debilitamiento de lo público no solo precariza más al trabajador, sino que fragmenta el tejido social, destruye el sentido de comunidad y entrega nuestras necesidades básicas al juego del mercado, donde la lógica del lucro reemplaza a la del bien común.
El 1º de Mayo debe ser también una trinchera de resistencia frente a esta ofensiva. No se trata únicamente de exigir mejores condiciones laborales, sino de defender el derecho a una salud pública digna, a una educación que no sea un privilegio, a un sistema de transporte accesible, a servicios de agua y energía que no estén secuestrados por intereses privados. En pocas palabras: defender lo público es defender la dignidad de todos.
Por eso, este Primero de Mayo, el llamado no es solo a manifestarse, sino a reconocer y apropiarse de lo público como un bien común, como un derecho colectivo que fortalece la democracia y sostiene la justicia social. La lucha obrera y la defensa de lo público no son caminos separados. Son dos caras de una misma historia, la del pueblo que no se resigna a ser mercancía ni cliente, sino sujeto de derechos y constructor de un futuro más justo.
