Las recientes declaraciones de Salvador Nasralla en el foro político realizado en la Universidad de San Pedro Sula (USAP), donde afirmó que algunos presos “viven como reyes” porque tienen “de amantes a las juezas”, han provocado un amplio rechazo social y político. Lejos de ser una simple polémica, sus palabras constituyen un acto de misoginia que refuerza los estereotipos machistas aún arraigados en la sociedad hondureña.
El Poder Judicial reaccionó de inmediato calificando las afirmaciones como “falsas, irresponsables y ofensivas”, defendiendo la honra y el profesionalismo de las juezas hondureñas. En su comunicado, la institución recordó que tales comentarios dañan la imagen de la justicia y desvalorizan el esfuerzo de mujeres que, en un entorno históricamente dominado por hombres, han ganado espacios a base de mérito y capacidad.
Más allá del repudio institucional, la frase de Nasralla refleja una visión profundamente machista: reduce a las juezas a objetos de deseo y asocia su autoridad con favores sexuales, un discurso que no solo deshonra a las mujeres del sistema judicial, sino que también perpetúa la idea de que las mujeres en el poder deben su posición a relaciones personales y no a su competencia profesional.
Organizaciones feministas y sectores sociales han señalado que este tipo de expresiones son parte de un patrón recurrente en la política nacional, donde el desprecio y la descalificación hacia las mujeres se disfrazan de chiste o comentario casual. Sin embargo, sus consecuencias son graves: debilitan la confianza en las instituciones, legitiman el desprecio hacia las mujeres y normalizan el lenguaje machista en el debate público.
Las declaraciones de Nasralla no son un simple error discursivo, sino un reflejo de cómo el machismo sigue presente en la esfera política. En un país donde la violencia de género y la discriminación institucional continúan afectando a miles de mujeres, resulta urgente que los liderazgos públicos asuman con responsabilidad el peso de sus palabras. Reproducir estereotipos y denigrar a las mujeres no es libertad de expresión: es perpetuar la desigualdad.

