La candidatura presidencial de Salvador Nasralla por el Partido Liberal de Honduras (PLH) desata una nueva polémica política, generando profundas divisiones internas no solo en esta institución histórica, sino también en el Partido Democracia Cristiana (DC), al que el presentador de televisión podría buscar sumar a su coalición.

La polémica se intensificó con un comunicado del presidente del DC, Godofredo Fajardo, que anunciaba una posible alianza con Nasralla o con el candidato del Partido Nacional, Nasry Asfura, esto tras un evento organizado por el Consejo Nacional Anticorrupción (CNA), donde el candidato presidencial de la DC, Mario «Chano» Rivera, propuso la creación de una candidatura única de oposición encabezada por la directora del CNA, Gabriela Castellanos.

El comunicado fue desautorizado de inmediato por el candidato presidencial del partido, Mario «Chano» Rivera, quien afirmó en sus redes sociales que la única vocera de su campaña es él mismo.

Rivera aclaró que su propuesta de un candidato único de la oposición solo era viable si la aceptaba Gabriela Castellanos, y al no ser así, el DC continuará con su candidatura hasta el final.

La situación ha revivido las críticas sobre el historial político de Nasralla. El vicecanciller de la República, Gerardo Torres, lo calificó como el «destructor de mundos», recordando que ya ha fragmentado instituciones como el Partido Anti Corrupción (PAC) y el Partido Salvador de Honduras (PSH).

A través de su cuenta de X, Torres sugirió que Nasralla ahora «está trabajando en destruir al Partido Liberal» y ha puesto su mirada en el Partido Democracia Cristiana.

Dentro del Partido Liberal, un grupo de «liberales de pura cepa» ha denunciado el «secuestro» de la institución por figuras como Salvador Nasralla, Roberto Contreras y Jorge Cálix.

Estos miembros tradicionales critican el ascenso de esos personajes ajenos a los principios del partido, acusándolos de oportunismo político.

Expertos señalan que la falta de arraigo doctrinario y el «canibalismo político» han propiciado una crisis institucional, donde los miembros del partido se atacan entre sí, debilitando su estructura.

La situación actual plantea la pregunta sobre el futuro de estas instituciones políticas y su capacidad para resistir lo que sus bases históricas denuncian como un «secuestro».


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