En los últimos días, las principales ciudades de Estados Unidos se han convertido en un escenario de protestas y resistencia popular frente a las medidas fascistas y represivas del gobierno norteamericano contra la clase trabajadora migrante. La brutalidad del Servicio de Control de Inmigración y Aduanas (ICE, por sus siglas en inglés), ha llevado a redadas masivas en centros laborales como construcciones y restaurantes, desatando una ola de indignación y movilización social.
En ciudades como Los Ángeles, los ciudadanos estadounidenses han salido a las calles para oponerse a las acciones racistas y violatorias de derechos humanos, impidiendo que agentes del ICE cometan violaciones, secuestros de menores y torturas en procedimientos de deportación.
Desde la llegada de Donald Trump a la Casa Blanca y con Marco Rubio en el Ministerio de Exteriores, la política migratoria en EE. UU. se ha recrudecido con un enfoque cada vez más autoritario y excluyente. La narrativa oficial reproducida por la mediática corporativa acusa a los migrantes de ser peligrosos, criminales, y presenta la permanencia en Estados Unidos como un problema que debe ser resuelto mediante deportaciones masivas, muros y represión institucional, cuando son la fuerza laboral que sostiene la economía estadounidense con su trabajo honesto.
Esa misma política agresiva ha tenido un respaldo tácito y, en algunos casos, explícito de la oposición en Honduras, en particular de figuras nefastas como Salvador Nasralla Salúm, quien ha demostrado una actitud sumisa y servil ante los intereses de las élites extranjeras.
Es precisamente esa posición de sumisión y complicidad la que amerita ser señalada. La oposición hondureña, en lugar de defender los derechos de sus compatriotas migrantes, ha adoptado una postura cómplice con el apoyo a las políticas antimigrantes de los Estados Unidos. Nasralla ha dejado claro que su prioridad no son los derechos ni la dignidad de los migrantes, sino el alineamiento con los intereses del imperio y de los sectores neoliberales que financian sus campañas.
Mientras el gobierno de Honduras, bajo la dirección de la Presidenta Xiomara Castro, ha tomado una postura firme y valiente —anunciando que si Trump o cualquier gobierno extranjero implementan deportaciones masivas, revisará sus acuerdos militares y estratégicos para proteger los intereses soberanos del país—.
La oposición se ha enrocado en una postura servil. La administración de Xiomara Castro ha articulado una política de atención a los retornados hondureños, con programas de apoyo psicológico, programas de empleabilidad, bonos alimentarios, una iniciativa humanitaria que contrasta con la indiferencia o complicidad de sus opositores.
La Hipocresía de Nasralla Salum
Salvador Nasralla y sus aliados que apoyaron y felicitaron a Trump y a un grupo de congresistas xenófobos en Florida, como María Elvira Salazar. El día de ayer, quiso enviar un mensaje de ¨solidaridad¨ con los migrantes en Estados Unidos a través de su cuenta de X, pero a los minutos tuvo que eliminarla, porque el pueblo hondureño no olvida su postura servil a los verdugos de los trabajadores migrantes.
Cabe recordar que ese mismo bipartidismo, en su afán de alinearse con Washington, ha respaldado y promovido discursos racistas y excluyentes que criminalizan a los migrantes y los convierten en chivos expiatorios de los problemas nacionales.
Los migrantes hondureños, que envían remesas que representan casi el 27% del PIB y sostienen a casi dos millones de hogares, son vistos como un problema o un «mal necesario» por esa élite entreguista. La política oficial de la presidenta Xiomara Castro, sin embargo, ha priorizado una política de recuperación de la dignidad y los derechos de los retornados, en una clara apuesta por la soberanía y la justicia social. Los mensajes de Xiomara son claros: hondureños y hondureñas, vuelvan a casa y recupérense en su tierra, con apoyo integral. Frente a eso, el silencio cómplice de la derecha es una traición no solo a los migrantes, sino al propio pueblo hondureño que sufre por la desigualdad y la pérdida de dignidad.
